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Joaquín Pi Anguita (1997). La Hipótesis de Expectativas Racionales. E-artículos de Economía.

 

LA HIPÓTESIS DE EXPECTATIVAS RACIONALES
Joaquin Pi Anguita
1996

 

         En un artículo pionero, "Rational Expectations and the Theory of Price Movements", John Muth (1961), señaló como, a la hora de  conocer como varían las expectativas en ciertas circunstancias, no eran satisfactorias las fórmulas tradicionales con expectativas fijas, ya que no permitían variaciones de expectativas cuando, por ejemplo, la estructura del sistema variaba. Así, si se produce una alteración en el sistema económico, debemos esperar que los actores económicos, al menos tras un cierto tiempo, variarán sus expectativas, hecho que no podían recoger los modelos tradicionales de formación de expectativas.  En palabras de Muth (1961: 315),
 

"para que los modelos dinámicos sean completos, se han utilizado varias fórmulas expectacionales. Hay, sin embargo, poca evidencia para sugerir que las supuestas relaciones guardan semejanza  con la forma en que trabaja la economía."

 

        Para Muth, los modelos económicos existentes no incorporaban un comportamiento racional suficiente, y propuso que una forma de asegurar esta racionalidad era considerar que las expectativas de los agentes económicos debían ser consistentes con los modelos utilizados para explicar su comportamiento. El punto básico de Muth era señalar que esta consistencia de las expectativas  podía lograrse requiriendo que los agentes económicos debían formar sus expectativas de las variables económicas usando el modelo que determina esas variables. En palabras de Muth,  "Me gustaría sugerir que las expectativas, como son predicciones informadas de acontecimientos futuros, son esencialmente lo mismo que las predicciones en la teoría económica relevante...La hipótesis afirma tres cosas: (i) la información es escasa, y el sistema económico generalmente no la desperdicia; (ii) la manera en que se forman las expectativas depende específicamente de la estructura del sistema relevante que describe la economía; (iii) una 'predicción pública' no tendrá un efecto sustancial en el funcionamiento del sistema económico (al menos que se base en información interna)”. (Muth, 1961:316).
 

          En términos más formales, la hipótesis de expectativas racionales supone que los agentes económicos realizan sus predicciones utilizando toda la información disponible. En esas circunstancias, los errores de predicción tienen dos importantes propiedades. La primera, establece que la expectativa condicional del error de predicción es cero. La segunda propiedad se conoce como la propiedad ortogonal, y establece que los errores de predicción no deberán estar correlacionados con cualquier información disponible para los actores económicos.
 

         Es importante destacar, que no es necesario que los individuos tengan idénticas expectativas para que se pueda utilizar la hipótesis de expectativas racionales. Muth señaló, sin embargo, que las expectativas de los individuos deberían distribuirse alrededor del verdadero valor esperado  de la variable a predecir. Es decir, la media de las predicciones de los individuos sería el verdadero valor esperado de la variables, aunque los individuos podrían naturalmente diferir en sus opiniones.
 

        Asimismo, la utilización de la  hipótesis de expectativas racionales no requiere, necesariamente, que todos los individuos que actúan en un mercado utilicen toda la información disponible para formar sus expectativas. A este respecto, una perspectiva que arroja luz sobre la hipótesis de expectativas racionales es el considerarla desde el punto de vista del arbitraje. En efecto, basta con que unos pocos individuos realicen operaciones de arbitraje en  un mercado - por ejemplo, el de divisas -, para que  se produzca la igualación del precio en el mercado - en el ejemplo citado, la igualación del tipo de cambio en las diferentes plazas financieras. El mismo principio se aplica a la hipótesis de expectativas racionales. Si existe beneficio económico que se puede obtener analizando información para predecir el futuro, podemos esperar que algunos individuos persigan esta estrategia. El mercado puede, por tanto, comportarse como si fuera racional incluso si muchos individuos del mercado son simplemente pasivos.
 

        La hipótesis de expectativas racionales ha sido ampliamente criticada, tanto desde argumentos que emanan de la metodología económica, como desde el punto de vista empírico.  En el primer campo podemos incluir, en primer lugar, las críticas que han señalado la inconsistencia de la hipótesis con el punto de vista subjetivista de la probabilidad (por ejemplo, Swamy et al 1982). En segundo lugar, la crítica que considera la hipótesis como inadecuada desde el punto de vista  de  una definición más amplia de concepto de racionalidad.  En tercer lugar, la crítica que señala que no es una hipótesis lo suficientemente general para explicar el proceso de aprendizaje en la formación de expectativas (Friedman, 1979). En cuarto lugar,  se ha señalado que la teoría de las expectativas racionales describen una situación de equilibrio de un conjunto de expectativas, pero no dice nada sobre como se alcanza ese equilibrio. En este sentido, Shiller (1978) y de Canio (1979) presentan unos modelos simples en los que los agentes aprenden a predecir racionalmente a través de un simple proceso adaptativo, y muestran como este proceso no converge a una regla racional a no ser que se cumplan ciertas condiciones de estabilidad. Además, se plantea el problema de que incluso un proceso convergente puede llevar un tiempo importante hasta que alcance el equilibrio final. Así, como ha señalado (Shiller, 1978:39), "Incluso si un modelo converge eventualmente hacia un equilibrio de expectativas racionales, puede llevar tanto tiempo en hacerlo, debido a que la estructura de la economía varía ocasionalmente, que la economía nunca se acerca al equilibrio de expectativas racionales" 
 

            En relación con la crítica empírica de la hipótesis de expectativas racionales, hay que señalar que Muth consideró a esta hipótesis sobre las expectativas como encuadrada en la economía positiva, y, por tanto, podría ser errónea. (Ver Sheffrin 1983). Dado que existe una gran cantidad de datos sobre expectativas - tipos de interés, inflación ect. -, obtenidos a través de encuestas, no es de extrañar que exista una abundante literatura económica encaminada a contrastar la hipótesis de que estos datos son consistentes con las expectativas racionales de Muth.  
 

            La contrastación directa de la hipótesis de expectativas racionales, se fundamenta en que ésta implica ciertas propiedades para las expectativas. En primer lugar, requiere que las expectativas sean insesgadas, es decir, que sean predictores insesgados de los valores verdaderos. En segundo lugar, se requiere eficiencia, es decir, las expectativas deberán estar basadas en toda la información disponible en el momento de su formación, lo que implica que no debe existir una relación estadística entre los errores de predicción y la información disponible. Un contraste obvio es, por tanto, estudiar si las expectativas cumplen estas propiedades. Dado que las expectativas no son directamente observables, el contraste debe realizarse sobre encuestas realizadas consumidores, empresarios o expertos, que proporcionan predicciones de variables económicas.
 

        En resumen, la literatura que intenta contrastar la hipótesis de expectativas racionales a través de contrastes directos basados en encuestas, no apoyan la hipótesis de que las expectativas se forman racionalmente. En muchos casos, las expectativas son, o sesgadas, o ineficientes o ambas cosas.  A pesar de ello, estos resultados han tenido poca influencia en el desarrollo de los modelos con expectativas racionales, ya que la validez de los resultados ha sido puesta en entredicho por dos motivos. En primer lugar, se ha señalado que las expectativas declaradas no reflejan en realidad el comportamiento verdadero de los agentes económicos, o como ya señaló  Mills (1962:33) hace más de treinta años, "los economistas tienen la fuerte presunción, probablemente justificada, de que el comportamiento observado proporciona generalmente una mejor fuente de explicación de hipótesis que los informes verbales". Por ello la incapacidad de las expectativas declaradas para exhibir las propiedades estadísticas de racionalidad, tiene pocas consecuencias para la hipótesis de expectativas racionales. Este punto de vista se ha visto apoyado por evidencia, por ejemplo Pierce (1979), que mostró que una serie de inflación esperada obtenida utilizando el enfoque Box-Jenkins predice mejor el tipo de interés que la serie Livinston obtenida a través de encuesta.
 

        Asimismo,  se ha señalado que las encuestas se utilizan para determinar la expectativa media, pero en muchos mercados los participantes marginales son los que desempeñan el papel clave. En efecto, en mercados con arbitraje y bajos costes de transacción, las expectativas medias pueden ser sesgadas e ineficientes, pero los mercados pueden funcionar como predice la hipótesis de expectativas racionales.
 

        En segundo lugar, se ha puesto en entredicho la utilidad de contrastar la hipótesis de expectativas racionales a través de datos de encuesta, debido a que las expectativas tienen la característica de que no son observables.  Así, por ejemplo, Prescott (1977: 30), ha señalado que, "El paradigma de expectativas racionales puede considerarse en el mismo espíritu que el supuesto de maximización, antes objeto de debate en economía  pero ahora considerado fundamental. El supuesto de expectativas racionales amplió el supuesto maximizador realizando la hipótesis de que los agentes utilizan sus conjuntos de información eficientemente cuando maximizan.  Como la utilidad, las expectativas no son observables y las encuestas no pueden usarse para probar la hipótesis de expectativas racionales. Sólo se puede probar si alguna teoría, incorpore expectativas racionales o irracionales, es o no consistente con las observaciones."
 

            La contrastación empírica de modelos que incorporan expectativas racionales, ha recibido amplia atención en la  economía aplicada.  En estos caso, se obtiene una contrastación de la hipótesis conjunta de expectativas racionales y validez del modelo concreto. Si la hipótesis conjunta es rechazada, es imposible determinar si es la racionalidad o el modelo o ambas hipótesis las que han sido rechazadas. Este problema ha llevado al desarrollo de métodos de estimación que permiten discernir entre ambas hipótesis, que será abordados más adelante.
 

        La hipótesis de expectativas racionales desempeña un papel central en la moderna teoría económica. Frente al escepticismo de sus críticos, sus defensores se han centrado  en dos tipos de justificaciones, que siguiendo la terminología de Kenneth Binmore (1987), pueden agruparse en las categorías de justificaciones "eductivas" y "evolutivas. Las explicaciones eductivas se basan en la compresión de la lógica de la situación por los agentes económicos; estas explicaciones están explícita o implícitamente asociadas con la actividad mental de los participantes dirigida a "predecir las predicciones de otros".  Las explicaciones evolutivas ponen el énfasis en las posibilidades de aprendizaje ofrecidas por la repetición de situaciones; estas explicaciones están asociadas con la convergencia de procesos de aprendizaje más o menos ad hoc. Una de las justificaciones eductivas más importantes fue realizada por Muth. En efecto, para Muth  la hipótesis de expectativas racionales no es más que la extensión de la hipótesis de racionalidad a las expectativas. En otras palabras, la predicción con expectativas racionales es la predicción racional; la gente hace predicciones correctas porque les beneficia hacerlas. Como ha señalado Guesnerie (1992: 1254), "esta afirmación es correcta y errónea: Es correcta porque los agentes están interesados en hacer predicciones correctas; es errónea al suponer que la perfecta coordinación de las predicciones es un resultado necesario de un esfuerzo optimizador independiente de agentes aislados". Ello lleva a Guesnerie a analizar la formación de expectativas en un marco de la teoría de juegos.
 

        El enfoque de las expectativas racionales ha supuesto un cambio radical no sólo en la teoría económica sino también en la contrastación de la misma, ejerciendo una profunda influencia en el trabajo empírico. En este sentido, la aportación de Hall (1978) constituyó el comienzo de una amplia metodología utilizada posteriormente en múltiples campos del análisis empírico.
 

        En un artículo seminal, Hall (1978) señaló una simple y sorprendente implicación de la hipótesis de expectativas racionales en la teoría del consumo basada en la renta permanente: las variaciones en el consumo debían ser impredecibles, es decir, debían comportarse como un paseo aleatorio. En efecto, de acuerdo con la teoría de la renta permanente, los consumidores sometidos a una restricción presupuestaria intertemporal, tratan de alisar la senda de su consumo a lo largo del tiempo. Por ello, el consumo refleja las expectativas del consumidor sobre su renta futura, es decir, el consumo sólo varía cuando los consumidores revisan sus expectativas. Sin embargo, si los consumidores utilizan toda la información disponible de forma óptima, las revisiones de sus expectativas deberían ser impredecibles y, por tanto, también las variaciones en su consumo.
 

        Formulada de esa manera, la contrastación de la hipótesis de la renta permanente, se realiza, simplemente, regresando la variación en el consumo con respecto a un conjunto de retardos de esa misma variable, para ver si éstas predicen los cambios en el consumo. Hall obtuvo el sorprendente resultado de que las variaciones en el consumo cuatrimestral eran en gran medida impredecibles, es decir, se aproximaban a un paseo aleatorio.
 

        El enfoque de Hall supuso una revolución en el análisis empírico. En efecto, veinte años antes, la investigación empírica sobre el consumo, se basaba en estimar funciones de consumo, cuyo éxito se basaba en una buena estimación medida por un R cuadrado elevado. Hall invirtió el argumento, señalando que la teoría de la renta permanente era válida, precisamente porque encontraba un R cuadrado bajo. La diferencia surge porque Hall no estima una función de consumo, sino que examina la condición intertemporal de primer orden para un consumidor representativo, para comprobar si éste consumidor está realizando errores sistemáticos de optimización. Así, Hall cambió para siempre los términos del debate sobre la hipótesis de la renta permanente. 
 

         Las expectativas racionales han supuesto una contribución metodológica esencial a la economía aplicada y, hoy día, el enfoque de expectativas racionales en el trabajo empírico es una práctica estandard. Se encuentra especialmente desarrollado en los métodos de la ecuación de Euler que evolucionaron a partir del trabajo de Hall. Los investigadores han aplicado estos métodos para estudiar la oferta de trabajo, la demanda de trabajo, el gasto en bienes de consumo duraderos, la inversión fija empresarial, y la acumulación de existencia. Aunque es cierto que estas técnicas no es probable que reemplacen completamente a los enfoques econométricos antiguos, "se han ganado un lugar permanente en la caja de herramientas de los economistas" (Mankiw 1990, p. 1652). 
 

Joaquin Pi-Anguita
Universidad Complutense de Madrid.

Departamento de Economia Aplicada V
Campus de Somosaguas.
28223. Madrid.
España.


Joaquín Pi Anguita (1997). La Hipótesis de Expectativas Racionales. E-artículos de Economía. http://www.joquinpi.com/topic3

 

 

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