- J. Pi Anguita: La
Unión Monetaria Europea, Ed. Arco Libros, Capítulos 1, 2 y 3
(secciones 1, 2, 3 y 6)
- Fichas técnicas del Parlamento Europeo (5.1.0, 5.2.0 y 5.3.0.
http://www.europarl.eu.int/factsheets/5_1_0_es.htm
1. Tratado de Roma: Artículos 103 a
108
2. Febrero 1969: I Plan Barre
3. Diciembre 1969: Cumbre de La Haya
4. Enero 1970: El Consejo acepta implantar parte del I Plan Barre
5. Discrepancias: Monetaristas (II Plan Barre) vs Economistas (Plan
Schiller)
6. Mayo 1970 y octubre 1970: I y II Informe Werner
7. Marzo 1971: Consejo aprueba el Informe Werner; se inicia la unión
monetaria
8. Agosto 1971: Tras inestabilidad monetaria mundial, se suspende la
convertibilidad formal del dólar en oro.
9. Diciembre 1971: Acuerdo Smithsoniano.
10. Abril 1972: I Serpiente Monetaria Europea.
11. Marzo 1973: II Serpiente Monetaria Europea.
l2. Valoración de la década pre-SME.
La Comunidad Económica Europea (CEE) fue esencialmente concebida en el
Tratado de Roma como una unión económica, es decir, como un área
económica donde existiera libertad de comercio de bienes y servicios y
libertad de movimiento de los factores de producción, todo ello
acompañado de unas políticas comunes que ayudaran a alcanzar ambos
objetivos.
En el Tratado de
Roma no se contemplaban, sin embargo, medidas concretas en lo referente
a la Comunidad considerada desde el punto de vista de una unión
monetaria. Así, si bien las cuestiones monetarias se abordaban en el
Tratado de Roma, únicamente se establecían principios de carácter
general que propugnaban “el mantenimiento de la confianza en la moneda”
(art. 104), la coordinación de las políticas monetarias “en la medida
necesaria para asegurar el funcionamiento del Mercado Común” (art.
105.2), y la creación de un comité monetario de consulta para “tratar la
política referente a los tipos de cambio como un problema de interés
común” (art. 107). No existía, por tanto, ningún compromiso previo sobre
el que fundamentar las negociaciones que condujeran a una integración
monetaria.
La prudencia
mostrada por los autores del Tratado de Roma en lo referente a la
integración monetaria es comprensible si se tiene en cuenta la situación
política y económica de la época. Así, hay que considerar que a la hora
de proponer la creación de la CEE había que buscar una forma de
integración que satisficiera a todas las partes involucradas, y que las
diferentes concepciones que estas partes tenían sobre cuestiones de
política económica hacían difícil el intento de alcanzar un acuerdo
sobre la armonización de las políticas económicas. Además, no debe
olvidarse que en la época en que se elaboró el Tratado de Roma se vivía
una situación de estabilidad monetaria internacional en el marco del
Sistema de Bretton Woods, en el que el dólar y en menor medida la libra
esterlina desempeñaban un papel fundamental compartido con el de las
seis monedas de los seis países firmantes del Tratado. En estas
circunstancias, parecía innecesario cualquier intento de establecer en
la Comunidad un sistema monetario independiente.
1. LAS INICIATIVAS DE LA
COMISIÓN EN LOS AÑOS SESENTA: “PLAN DE ACCIÓN” Y I PLAN BARRE.
Ya a principios de
los años 1960, surgió una primera iniciativa de la Comisión para tratar
de llenar las lagunas que mostraba el Tratado de Roma en las cuestiones
relacionadas con la política monetaria. Así, en el “Programa de Acción
de la Comunidad durante la Segunda Etapa del Mercado Común”, la Comisión
ponía de manifiesto la necesidad de alcanzar una mayor estabilidad de
los tipos de cambio en la Comunidad. Esta estabilidad permitiría la
futura creación de una unión monetaria, en el año 1971, a través de un
proceso en tres etapas, para lo cual la Comisión proponía realizar una
coordinación estrecha de las políticas económicas y monetarias
nacionales. Es interesante observar que la idea de un enfoque de tres
etapas recogida posteriormente en el Tratado de Maastricht se remonta a
hace más de treinta años. Esta primera iniciativa de la Comisión puede
explicarse fundamentalmente como una respuesta a dos hechos.
En primer lugar, a
finales de los años cincuenta y principios de los sesenta comenzaron a
aparecer los primeros síntomas de debilidad del sistema de Bretton
Woods, como consecuencia de la profunda transformación experimentada por
la balanza de pagos de Estados Unidos, lo que ponía en entredicho la
salud del dólar. La crisis entre el marco y el dólar que se produjo en
los años 1960 y 1961-que culminó con la revaluación del marco el 6 de
marzo de 1961- intensificó los problemas de confianza en el sistema de
Bretton Woods. En segundo lugar, la mencionada revaluación del marco en
un 5% y la inmediata revaluación del florín holandés en la misma
cuantía, habían sido decididas sin ningún tipo de coordinación a nivel
de la Comunidad, a pesar de que estas alteraciones de los tipo de cambio
tenían importantes implicaciones para todos los miembros de la unión
económica.
En un principio, el
Consejo no reaccionó ante las recomendaciones contenida en el “Programa
de Acción de la Comunidad”, aunque si se decidió a tomar algunas medidas
tras la crisis sufrida por la lira italiana en 1964. En efecto, la lira
se vio sometida a fuertes presiones especulativas a finales del año 1963
y principios de 1964 como consecuencia de un fuerte deterioro en la
balanza de pagos italiana. El gobierno italiano, en lugar de resolver la
cuestión con la colaboración de los restantes estados miembros de la
Comunidad, pidió ayuda a Estados Unidos en abril de 1964. Para evitar
una repetición de estos acontecimientos, el Consejo recomendó, en abril
de 1964, que aquellos países miembros que no pudieran financiar sus
déficit de balanza de pagos con sus propias reservas, deberían buscar
una solución al problema dentro de la propia Comunidad.
Un mes después,
atendiendo a parte de las propuestas contenidas en el Programa de Acción
de la Comisión, el Consejo decidió crear tres Comités - de política
presupuestaria, de gobernadores de bancos centrales y de política
económica a medio plazo - e implantar un sistema de consulta previa a la
adopción de todas las decisiones importantes de política monetaria,
comprometiéndose los estados miembros a no modificar la paridad de sus
monedas sin realizar una consulta previa a los restantes miembros. Sin
embargo, las propuestas contenidas en el “Plan de Acción” de la
Comisión, que preveían la creación futura de una moneda de reserva
europea y la fijación definitiva de los tipos de cambio de las monedas
comunitarias, fue recibida con poco entusiasmo. Habrá que esperar hasta
finales de los años 1960 para encontrar iniciativas más sólidas para
llevar a cabo una unión monetaria en el Comunidad. La mejor acogida de
estas nuevas iniciativas a finales de los años sesenta se debió tanto a
motivos de carácter político como a motivos de carácter económico.
Desde el punto de
vista político, la unión monetaria europea se planteó como una fuerza de
empuje para la integración europea en los años setenta, para cuya fecha
la tarea inicial de establecer la unión aduanera y la política agrícola
común estaría ya concluida. Por otra parte, desde un punto de vista
económico, era claro que los logros alcanzados en la construcción de la
Comunidad habían producido una interdependencia creciente en las
economías de los estados miembros, de forma que los desequilibrios
económicos producidos en un miembro repercutían con más intensidad en
toda la Comunidad. Esta mayor interdependencia comprometía en muchos
casos la integración, ya que la política económica de cada miembro
aisladamente era impotente para frenar las crisis con origen en otros
miembros de la Comunidad. Se planteaba, por tanto, la necesidad de
remplazar las políticas económicas nacionales por medidas de política
económica a nivel comunitario.
Un paso preliminar
hacia la unión monetaria europea se da el 12 de febrero de 1969, fecha
en que la Comisión presenta al Consejo el memorándum sobre “La
Coordinación de la Política Económica y de la Política Monetaria en la
Comunidad”, conocido como I Plan Barre. El principal objetivo de este
Plan era lograr la convergencia y la compatibilidad de los objetivos
económicos de los países miembros, la coordinación de sus políticas
económicas y la cooperación monetaria a nivel comunitario. Para ello, se
proponían una serie de medidas, entre las que destacaban: Primero, el
establecimiento de facilidades de crédito a corto plazo de carácter
inmediato e incondicional para aquellos estados miembros que
experimentaran dificultades de balanza de pagos; segundo, el
establecimiento de facilidades de crédito a medio plazo de carácter
condicional para los estados miembros con dificultades de carácter
persistente en sus balanzas de pagos; tercero, alcanzar un acuerdo entre
los estados miembros en relación con las tasas futuras de crecimiento de
sus economías; cuarto, realizar una coordinación de los planes
económicos a medio plazo a través de un sistema de consultas entre los
diferentes estados miembros.
2. LA CUMBRE DE LA HAYA
y el Plan Werner.
El impulso político
definitivo hacia la integración monetaria se produce tras un largo
período de especulación en contra del franco francés y a favor del marco
alemán, que concluye con la devaluación del franco un 11,1% el 8 de
agosto de 1969, y la revaluación del marco alemán un 9,3% el 24 de
octubre del mismo año. Estos acontecimientos monetarios, que llevaron a
la creación de los montantes compensatorios monetarios en la Política
Agrícola Común, junto con la aparición de los primeros síntomas de
desintegración del sistema de Bretton Woods, pusieron de manifiesto la
necesidad de realizar una verdadera unión económica y monetaria en la
Comunidad. En la cumbre de La Haya, celebrada los días 1 y 2 de
diciembre de 1969, los Jefes de Estado y de Gobierno de los estados
miembros se pronunciaron a favor del establecimiento de una unión
económica y monetaria, cuyos detalles para su implantación deberían
establecerse a lo largo del año de 1970.
Concluida la Cumbre
de La Haya, el 26 de enero de 1970, el Consejo da un importante paso
hacia la integración monetaria al aceptar la implantación inmediata de
una parte substancial de las medidas contenidas en el I Plan Barre,
acordando la realización de discusiones periódicas sobre las políticas
económicas a corto plazo y autorizando a que los bancos centrales de los
seis países miembros implantaran un sistema de asistencia monetaria a
corto plazo. Este sistema de asistencia monetaria quedó efectivamente
establecido el 2 de enero de 1971, a través de un acuerdo del Comité de
gobernadores de bancos centrales, y tenía por objeto financiar
temporalmente los desequilibrios coyunturales de las balanzas de pagos.
Al mismo tiempo que
se iban produciendo sucesivos avances en el proceso de integración
monetaria, iban surgiendo divergencias crecientes entre los miembros de
la Comunidad sobre la estrategia y calendario más adecuados para
alcanzar la plena unión monetaria. Por una parte, los “monetaristas” -
la Comisión y un grupo de países que incluía a Francia, Bélgica y
Luxemburgo - opinaban que la integración monetaria podría actuar como un
catalizador para la unión política y económica, ya que el
establecimiento de tipos de cambio irrevocablemente fijos reforzaría y
aceleraría el proceso de integración económica. En este caso, los países
miembros se verían forzados a coordinar sus políticas económicas con el
fin de reducir las disparidades en la evolución de sus precios y
salarios. Según el punto de vista “monetarista”, la liberalización de
los movimientos de capital en un sistema en el que los tipos de cambio
no se hubieran fijado de forma irrevocable, podría provocar movimientos
especulativos de capital imposibles de contener utilizando las reservas
oficiales, lo que haría que los tipos de cambio tuvieran que moverse en
la dirección anticipada.
Por el contrario,
los “economistas” - Alemania y Holanda - daban prioridad a la
estabilidad interna y consideraban la política del tipo de cambio como
un medio para alcanzar un objetivo de política económica y no como un
fin en sí mismo. Por esta razón, los “economistas” opinaban que la
integración monetaria sólo sería viable tras realizar la armonización de
las políticas económicas y conseguir la convergencia de las variaciones
de precios y salarios en los estados miembros. En opinión de los
“economistas”, un intento de fijar irrevocablemente los tipos de cambio
antes de lograr la convergencia de las economías de los estados
miembros, podría frenar la posterior liberalización del comercio y del
mercado de capitales, ya que los estados miembros se verían obligados o
mantener controles sobre el intercambio de bienes y capitales para
mantener los tipos de cambio al nivel fijado. Los puntos de vista de
“monetaristas” y de “economistas” quedaron respectivamente plasmados de
forma oficial en la II Plan Barre y en el Plan Schiller.
El Plan Schiller o
“Plan para la Cooperación Monetaria, Económica y Financiera” proponía el
progresivo acercamiento a la unión monetaria a través de cuatro etapas.
La primera etapa se consideraba conveniente dedicarla casi
exclusivamente al establecimiento de unas bases sólidas para la
coordinación de las políticas económicas de los estados miembros. Para
ello, se proponía la elaboración conjunta de los objetivos económicos a
medio plazo para cada año, cuyo logro debía ser vigilado por el Comité
de política económica a medio plazo, pudiendo la Comisión recomendar a
los estados miembros la adopción de medidas cuando los objetivos no
fueran alcanzados. En la segunda etapa, se proponía el logro de un
crecimiento equilibrado de los estados miembros, al tiempo que se
propugnaba una mayor cooperación monetaria en el seno del comité de
gobernadores de los bancos centrales, y la creación de un sistema de
ayuda monetaria a medio plazo. Al finalizar esta etapa debería
desaparecer cualquier desequilibrio económico fundamental entre los
estados miembros. En la tercera etapa, se proponía la adopción de
medidas de carácter supranacional con una estricta coordinación de las
políticas económicas nacionales que debería basarse en la fijación de
objetivos a través del voto mayoritario. Asimismo, se preveía la
creación de un sistema de reserva federal basado en el modelo de Estados
Unidos, la reducción de los márgenes de fluctuación de las monedas de
los estados miembros, la potenciación de la ayuda a medio plazo, y la
creación de un Fondo de Reserva Europeo al que gradualmente se irían
transfiriendo las reservas nacionales de los miembros. En la etapa
final, se alcanzaría una total supranacionalidad en las cuestiones
económicas, financieras y monetarias necesarias para el funcionamiento
de la unión monetaria, que serían transferidas a los órganos de la
Comunidad, al tiempo que se establecerían tipos de cambio fijos entre
los estados miembros. Al finalizar esta etapa se introduciría una única
moneda europea.
El Segundo Plan
Barre proponía el acercamiento progresivo hacia la unión monetaria a
través de tres etapas, y resaltaba de forma especial la necesidad de
fijar los tipos de cambio de forma irrevocable a la mayor brevedad
posible. En la primera etapa, que comprendería los años 1970 y 1971, se
proponía realizar una más efectiva coordinación de la política económica
en general, y de la política presupuestaria a medio plazo en particular.
Al final de esta primera etapa, las fluctuaciones en los tipos de cambio
de las monedas de los estados miembros no deberían superar el ±1%.
En la segunda etapa, se preveía el establecimiento a nivel comunitario
de las directrices de la política económica, con la finalidad de
armonizar las políticas fiscales y monetarias de los miembros bajo
supervisión de la Comisión. En la tercera etapa, que comenzaría en 1976
o en 1978, dependiendo del éxito alcanzado en la etapa anterior, se
fijarían de forma irrevocable los tipos de cambio, se liberalizaría la
circulación de capitales creándose un Fondo de Reserva Europeo, y se
proporcionaría a los órganos de la Comunidad el poder necesario para
asegurar el funcionamiento de una unión monetaria.
Ante las
discrepancias mostradas por el Plan Schiller y el Segundo Plan Barre en
lo relativo al camino más adecuado para alcanzar la unión monetaria en
la Comunidad, por mandato del Consejo, se creó un grupo especial de
trabajo dirigido por Pierre Werner, con la finalidad de analizar ambos
planes. El compromiso final entre las posturas dispares de
“monetaristas” y “economistas” quedó reflejado en el Primer Informe
Werner, presentado al Consejo en mayo de 1970, y el Segundo Informe
Werner, presentado al Consejo en octubre de 1970.
El Informe Werner
presentaba como objetivo final de la Comunidad, en el campo monetario,
la creación de una unión monetaria que podría alcanzarse o bien
manteniendo los diferentes miembros sus monedas nacionales o bien con el
establecimiento de una única moneda común a todos los estados miembros.
Aunque el Informe se decantaba por esta última solución, admitía la
dificultad obvia de una moneda única por razones políticas y
psicológicas, por lo que planteaba como alternativa la creación de una
unión monetaria basada en el logro de dos objetivos finales que, una vez
alcanzados, desempeñarían un papel económico equivalente al de una
moneda común. El primer objetivo era la convertibilidad ilimitada entre
las monedas de los diferentes estados miembros. El segundo objetivo era
la implantación de un tipo de cambio irrevocablemente fijo entre las
monedas de los estados miembros.
El logro del primero
de los objetivos mencionados implicaba la existencia de un verdadero
mercado común de capitales. Para ello era necesario, no sólo que
desaparecieran las fronteras para los movimientos de capital, sino
también que se llevara a cabo la eliminación de todas las fuentes de
distorsión que afectaban a la libre circulación de capitales en el
interior de la comunidad. El segundo de los objetivos mencionados
suponía la convertibilidad automática entre todas las monedas de los
estados miembros a un tipo de cambio legalmente invariable. El Informe
Werner reconocía que ambos objetivos - convertibilidad ilimitada y tipos
de cambio fijos - presentaban una incompatibilidad de carácter
económico, por lo que señalaba la necesidad de que se cumplieran los
principios de solidaridad y homogeneidad para dar viabilidad a la unión
monetaria.
El Informe Werner
proponía alcanzar el objetivo final de una integración completa en un
horizonte de diez años a través de un proceso que constaría de tres
etapas. Para la primera etapa, que concluiría en 1973, el Informe
proponía limitar las fluctuaciones del tipo de cambio de las monedas de
los estados miembros, ampliar las facilidades de crédito a corto y medio
plazo, y alcanzar una mayor cooperación entre las políticas económicas
de los miembros. En las etapas posteriores, los tipos de cambio
quedarías fijados de forma irrevocable, y se llevaría a cabo la
unificación progresiva de los mercados de capitales hasta alcanzar la
completa liberalización de los movimientos de capital, para crear
finalmente un banco central común.
El Informe
recomendaba un sistema comunitario de bancos centrales, organizado de
forma similar al Sistema de Reserva Federal de Estados Unidos, que
tendría a su cargo la política monetaria y la política de tipo de
cambio. Sin embargo, no precisaba cómo debería constituirse la
autoridad monetaria y cuál sería su relación con el poder político. El
Informe era más preciso en lo referente a la política fiscal,
proponiendo la creación de un centro de decisión políticamente
responsable ante el Parlamento Europeo que ejercería una influencia
decisiva en la política fiscal de los miembros. De esta forma se
decidirían a nivel comunitario los aspectos fundamentales de los
presupuestos públicos, y en concreto, las variaciones en su cuantía, el
tamaño de los déficits y los métodos para su financiación. Asimismo, se
remarcaba que la escasa movilidad de factores de producción en la
Comunidad tendría que ser complementada con transferencias públicas
encaminadas a evitar un aumento de los desequilibrios económicos entre
los miembros.
El Consejo aprobó el
Informe Werner, aunque sólo hubo acuerdo para llevar a cabo las medidas
previstas en la primera etapa, y el 22 de marzo de 1971, el Consejo
adoptó una resolución y dos decisiones en las que se introducían una
serie de medidas para poner en marcha el proceso de unificación
monetaria. En primer lugar, se proponía la intensificación de la
cooperación de los bancos centrales para reforzar la coordinación de las
políticas monetarias de los países miembros. En segundo lugar, se
creaban facilidades de crédito a medio plazo, con una duración
comprendida entre dos y cinco años y con unos topes máximos de
endeudamiento para cada país miembro. El acceso a esta línea de crédito
debía ser aprobado por el Consejo, que a su vez estaba encargado de
fijar las condiciones económicas del crédito y los compromisos que el
estado beneficiario debería cumplir para restablecer su equilibrio
económico interno y externo. En tercer lugar, se proponía la reducción,
a partir del 15 de junio de 1971, de los márgenes de fluctuación de las
monedas de los seis estados miembros, que deberían moverse en una banda
de fluctuación del ±0.60%.
Sin embargo, una
serie de acontecimientos monetarios impidieron llevar a cabo este primer
intento para poner en marcha el proceso de unión monetaria. En efecto, a
principios de 1971, se produjo un rápido movimiento a favor de Alemania
en el diferencial de los tipos de interés con Estados Unidos, como
consecuencia de la política monetaria expansiva de éste último país a lo
largo de 1970. Este hecho produjo una importante salida de capital a
corto plazo desde Estados Unidos hacia Alemania, situación que se agravó
con la especulación en contra del dólar. Ante la imposibilidad de
contener la entrada de capital, las autoridades monetarias alemanas
dejaron el marco en flotación en mayo de 1971.
3. LAS ”SERPIENTES” MONETARIAS.
El fuerte déficit en
la balanza de pagos de Estados Unidos y la especulación en contra del
dólar llevaron a la suspensión de la convertibilidad formal del dólar en
oro el 15 de agosto de 1971, y, en diciembre del mismo año, en el marco
del acuerdo Smithsoniano, se decidió, entre otras medidas, la ampliación
hasta el ±2,25%
de los márgenes de fluctuación con respecto al dólar. Esta decisión
implicaba un margen de fluctuación del ±4,5%
para dos monedas no dólar, es decir, para las monedas de los miembros de
la Comunidad. Esta ampliación de los márgenes de fluctuación ponía en
peligro el buen funcionamiento de las transacciones intracomunitarias,
por lo que el 24 de abril de 1972, se realizó un nuevo intento para
estrechar los márgenes de fluctuación de las monedas comunitarias
creándose, a través de un acuerdo entre los bancos centrales de los seis
miembros, la “serpiente en el túnel de dólar” o primera serpiente
monetaria europea (Reino Unido, Irlanda y Dinamarca se unen a sistema el
1 de mayo de 1972 y Noruega el 22 de mayo del mismo año). De esta forma,
los bancos centrales se comprometían: Primero, a mantener los márgenes
de fluctuación con respecto al dólar dentro del ±2.25
por ciento; segundo, a reducir los márgenes de fluctuación entre las
monedas de los países participantes en la serpiente desde el ±4.5%
hasta el ±2.25%.
Al poco tiempo de
entrar en funcionamiento la serpiente monetaria, la debilidad de la
balanza de pagos y la alta inflación en el Reino Unido obligaron a la
libra a entrar en flotación el 23 de junio de 1972, abandonando la
serpiente. La libra irlandesa siguió el mismo camino, y después de un
período de relativa calma, a principios de 1973 se produjo una nueva
crisis monetaria que culminó con la segunda devaluación del dólar y el
cierre de los mercados de cambios de las principales monedas. A partir
del 19 de marzo, la ”serpiente” se convirtió en segunda serpiente
monetaria o “serpiente fuera del túnel del dólar”, a la que se unieron
en un principio, Alemania, los tres países del Benelux Francia y
Dinamarca, y se asociaron Suiza y Noruega. En este caso, los bancos
centrales continuaron comprometiéndose a mantener los tipos de cambio de
sus monedas dentro de un margen de fluctuación del ±2.25
por ciento, pero abandonaron el compromiso de intervención con respecto
al dólar. La segunda serpiente se vio pronto sometida a serias
dificultades, de forma que durante el período comprendido entre 1973 y
1979, año en que se creó el Sistema Monetario Europeo (SME), el progreso
hacia la unión monetaria en la Comunidad fue prácticamente nulo. En
efecto, además de las entradas y salidas de las monedas en la serpiente,
se produjeron gran cantidad de alteraciones de las paridades. Por ello,
puede afirmarse que el experimento inicial de unificación monetaria
europea fue en gran medida un fracaso, atribuible, por una parte, a los
pocos esfuerzos realizados por los países miembros en la coordinación de
sus políticas económicas, y, por otra parte, a la inestabilidad
generalizada que en aquellas fechas presentaba el sistema monetario
internacional
La situación monetaria existente
en la Comunidad en 1978, transcurridos casi nueve años desde que en la
cumbre de La Haya se propusiera el establecimiento de una unión monetaria,
se caracterizaba por la existencia de dos grupos de países. Por una parte,
Alemania, los tres países del Benelux y Dinamarca habían conseguido un
cierto éxito en mantener una inflación moderada y mantenían sus monedas
en la flotación conjunta de la serpiente. Por otra parte, los restantes
países comunitarios cuyas monedas flotaban libremente, y que habían
experimentado una alta inflación, grandes déficits en sus balanzas de
pagos por cuenta corriente y substanciales depreciaciones en sus monedas.
Ante esta situación, existían varios factores que ponían en peligro el
buen funcionamiento del mercado común. Primero, las grandes variaciones en
los tipos de cambio introducían un riesgo adicional en la actividad
importadora y exportadora, lo que afectaba de forma adversa al comercio y
la inversión intracomunitaria.
Segundo, la depreciación de una
moneda no implicaba un retorno al equilibrio exterior, sino que contribuía
a alimentar la inflación a través de un aumento en el precio de las
importaciones y una espiral precios-salarios que conducía a una nueva
depreciación del tipo de cambio. Además, la flotación de los tipos de
cambio iba acompañada en muchos caso de movimientos monetarios erráticos,
de forma que se producían desplazamientos masivos de capitales que
agravaban la inestabilidad monetaria.
Por último, las
variaciones de los tipos de cambio distorsionaban la organización común de
mercados de la Política Agrícola Común, que estaba basada en el
establecimiento de precios comunes agrícolas expresados en una unidad de
cuenta compuesta por una cesta de monedas de los miembros. Las variaciones
en los tipos de cambio hacían necesaria la introducción de montantes
compensatorios monetarios, que no eran más que subvenciones y gravámenes
aplicables al comercio agrícola intracomunitario y que, por tanto, ponían
en peligro el principio de libre circulación de productos agrícolas en el
seno de la Comunidad.
Estos hechos ponían de
manifiesto que era necesario dar un nuevo impulso a la unión monetaria,
con la finalidad de reunir a los países de la Comunidad bajo un régimen
común que permitiera estabilizar los tipos de cambio. Ante las
dificultades surgidas en los intentos de creación de una unión monetaria
fundamentada en el Informe Werner, los estados miembros de la comunidad
trataron de reconducir la unión monetaria hacia unos objetivos menos
ambiciosos. En julio del año 1978, el Consejo Europeo celebrado en Bremen
acordó establecer “una zona de “estabilidad monetaria en Europa”. Después
de varios meses de negociaciones se creó el Sistema Monetario Europeo por
medio de una resolución del Consejo de 5 de diciembre de 1978, que entró
en vigor el 13 de marzo de 1979.
El SME se creó a través de un acuerdo entre los bancos centrales de los
países miembros de la Unión Europea (entonces Comunidad Europea), con la
finalidad de administrar los tipos de cambio nominales intracomunitarios y
financiar las intervenciones en los mercados de divisas. El objetivo
general del SME era establecer una zona de estabilidad monetaria en la UE.
En esencia, el SME era un sistema de tipos de cambio fijos pero
ajustables. El objetivo para los tipos de cambio se delimitabacon unas
bandas de fluctuación para los tipos de cambio nominales, siendo las
modificaciones de las paridades objeto de acuerdo mutuo entre las partes.
Durante 1992 y 1993, el SME se vio sometido a fuertes tensiones que
pusieron en peligro su existencia.
En el SME se establecían
unas parrillas de paridades bilaterales entre todas las monedas
participantes y también unas paridades de cada una de las monedas
participantes con respecto al ecu, definido como una cesta compuesta por
una cierta cantidad de cada moneda de los 15 países de la UE. Los tipos
centrales o paridades bilaterales servían de referencia para las
intervenciones en los mercados de divisas. El SME preveía intervenciones
para evitar un alejamiento excesivo de los tipos de mercado de los tipos
centrales.
Los bancos centrales, al
unirse al MTC, aceptaban el compromiso de mantener su tipo de cambio de
mercado con respecto a cada una de las restantes monedas del MTC dentro
de unas bandas que a partir del 31 de julio de 1993 tuvieron una amplitud
del ±15%.
El compromiso por parte de los bancos centrales para mantener los tipos de
cambio de mercado dentro de las bandas de fluctuación se logra a través
de dos vías. Primero, la armonización de las políticas monetarias de sus
miembros. Segundo, la intervención de los bancos centrales en los
mercados de divisas.
3. Crisis del SME (1992-93)
- Reunificación Alemana (1990);
choque de demanda asimétrico; dilema para la política de tipo de
cambio.
- Política monetaria restrictiva del Bundesbank (1988-92) (ver
datos)
- Erosión de competitividad España, Portugal, Reino Unido (ver
datos)
- Rechazo danés (3-6-92) incertidumbre referéndum francés (20-11-92)
- Crisis 1: Septiembre 1992-abril 1993
- Crisis 2: Agosto 1993
- Análisis de las causas de la crisis: El problema del n-1 y la
"trilogía imposible".
5.1. Los problemas de la
reunificación alemana.
Cuando el SME celebró su
décimo aniversario en el año 1989, existía casi una total unanimidad en
que sería el instrumento que conduciría en el futuro a la unión
monetaria europea. En efecto, desde la última realineación de los tipos
de cambio, que se había producido en agosto de 1987, el SME se había
caracterizado por la estabilidad, permitiendo fluctuar en sus bandas a
las monedas incluidas en el MTC, sin que se produjeran tensiones
destacables en los tipos de cambios.
El colapso del Muro de
Berlín en noviembre de 1989, y la posterior reunificación alemana que se
produjo a mediados del año siguiente, expusieron a la economía de
Alemania Occidental, que ya tenía una alta tasa de utilización de su
capacidad productiva, a un tremendo choque de demanda. Aunque una parte
substancial de la demanda adicional fue cubierta por importaciones, ello
no pudo evitar una fuerte presión al alza sobre costes y precios en la
economía alemana. Al mismo tiempo, los en principio infravalorados
costes de la unificación iban a generar un gran déficit del sector
público.
El tremendo choque
asimétrico producido por la unificación alemana era incompatible con el
mantenimiento de un tipo de cambio fijo para el marco, ya que situaría
al mismo a un nivel insostenible. Una revaluación del marco alemán
frente a las restantes monedas del MTC habría ayudado al SME a ajustarse
a la nueva situación de la economía de Alemania. En efecto, tras la
reunificación, la economía alemana iba a convertirse en una economía
importadora neta de capital, con alta inflación y alto déficit
presupuestario, por lo que podía preverse una política monetaria
restrictiva por parte del Bundesbank. Sin embargo, la opción de revaluar
el marco, ofrecida por el Bundesbank poco antes de la reunificación,
producía un dilema de política económica para los restantes países del
MTC. Si depreciaban sus monedas verían como perdía credibilidad su
política monetaria, y tendrían que hacer frente al coste político de la
devaluación. Si mantenían la paridad de sus monedas, tendrían que
seguir la política monetaria alemana - que podía preverse que iba a ser
de carácter restrictivo -, aunque ello fuera incompatible con sus
objetivos domésticos de crecimiento económico y empleo. Al final, dominó
el primer argumento, y la apreciación del marco, aunque aconsejable
desde el punto de vista económico, fue rechazada por los restantes
miembros del MTC por motivos políticos.
Como era de esperar, la
alta inflación y el creciente déficit del sector público generado por la
unificación, obligó al Bundesbank a realizar una política monetaria
restrictiva. En efecto, desde mediados de 1988, fecha en que la política
monetaria alemana comenzó ya a ser restrictiva, hasta agosto de 1992,
los tipos de interés aumentaron trece veces, pasando la tasa de
descuento desde el 2.5% al 8.5%, y la tasa lombarda desde el 4.5% al
9.75%. Además, estos altos tipos de interés en Alemania, coincidieron
con descensos del tipo de descuento en los Estados Unidos, lo que
tendió a fortalecer todavía más al marco.
Los altos tipos de
interés alemanes producían una situación crítica en el SME, al verse
obligados algunos países a realizar una política monetaria restrictiva
para mantener la paridad de sus monedas con respecto al marco, aunque a
costa de frenar el crecimiento económico y aumentar el paro doméstico.
Los mercados comenzaban a preguntarse, qué coste económico estarían
dispuestos a soportar estos países para evitar una devaluación de sus
monedas.
Por otra parte,
desde la última realineación de tipos de cambio de agosto de 1987, se
había ido produciendo una erosión de la competitividad en los países con
alta inflación, y, por tanto, de la sostenibilidad de sus tipos de
cambio fijos. Así, en agosto de 1992, justo antes de la crisis, como
puede observarse en el Cuadro 1, había signos claros de la existencia de
problemas de competitividad en Italia, España, Portugal y Reino Unido.
En efecto, en estos países, el coste por unidad de trabajo en
manufacturas había crecido a un ritmo mayor que en los restantes
miembros de la UE, hecho que acabó generando un importante deterioro en
su competitividad.
A la vista de los problemas que acaban de mencionarse, cabe preguntarse
por qué no se produjo la crisis del SME antes de septiembre de 1992. La respuesta
que parece más convincente es que hasta esa fecha, los tipos de cambio
estaban anclados por la convicción de los mercados en que los gobiernos
estaban firmemente comprometidos con la unificación monetaria, por lo
que tomarían cualquier medida que fuera necesaria para mantener su tipo
de cambio y, así, cumplir las condiciones impuestas en el Tratado de
Maastricht. Recuérdese, que una de estas condiciones obligaba a que no
se produjeran ajustes del tipo de cambio en los dos años previos a la
introducción de la moneda única. De hecho, los gobiernos habían
estabilizado sus tipos de cambio como una señal hacia los mercados de su
firme compromiso con el proceso de unión monetaria.
5.2. Los ataques
especulativos.
El rechazo danés al
Tratado de Maastricht en el referéndum del 3 de junio de 1992, fue el
primer hecho que comenzó a ensombrecer las perspectivas de ratificación
del Tratado. Posteriormente, la creciente incertidumbre del resultado
del referéndum francés sobre el Tratado, cuya celebración estaba
prevista para el 20 de septiembre de ese año, hizo perder a los mercados
su convicción sobre la inevitabilidad de la unión monetaria y, por
tanto, sobre la inmovilidad de los tipos de cambio, lo que generó una
serie de movimientos especulativos en los mercados de divisas.
Los ataques
especulativos comenzaron contra el marco finlandés y la corona sueca,
dos monedas que, aunque fuera del SME, mantenían su cotización ligada al
valor del Ecu. El ataque a la primera moneda se produjo en un contexto
de crisis bancaria doméstica y de caos económico en su vecina Rusia. El
marco finlandés sufrió una derrota fulminante, y el 8 de septiembre
tras agotar sus reservas internacionales y con tipos de interés ya en el
14%, la moneda finlandesa tuvo que abandonar su relación con el Ecu,
depreciándose un 12.5% en ese mismo día. Las economías finlandesa y
sueca exportan un abanico de productos muy similares, por lo que
devaluada la moneda de la primera, los especuladores anticiparon una
presión sobre la balanza de pagos sueca. Al ataque contra la corona
sueca respondió su banco central con un aumento de 8 puntos en el
tipo marginal de descuento a un día hasta situarlo en el 24%, y un
nuevo aumento de este tipo hasta el 75%, a la mañana siguiente. Además,
el banco central sueco, para hacer frente a las intervenciones en los
mercados de cambios, tomó prestados 23.5 miles de millones de dólares,
doblando así sus reservas internacionales. En un principio, la defensa
de la corona sueca tuvo éxito, proporcionando una pasajera estabilidad
en los mercados de cambios.
Tras unos días de calma, la debilidad del dólar y la aproximación de la
fecha del referéndum francés con un resultado cada vez más incierto,
alentaron de nuevo la especulación, esta vez contra las monedas del MTC.
La primera baja fue la lira italiana. En efecto, el 14 de septiembre,
el Bundesbank aceptó descender sus tipos de interés por primera vez en
casi cinco años (medio punto en la tasa de descuento y un cuarto de
punto en el tipo lombardo) a cambio de una devaluación de la lira del
7%. Conseguida la devaluación de la lira, los mercados decidieron
apostar en contra de la libra. El 16 de septiembre - a pesar de la
masiva intervención del Banco de Inglaterra, que gastó en ese día del
orden de 15-20 miles de millones de libras, es decir, alrededor de la
mitad de sus reservas internacionales - la libra cayó por debajo de su
suelo de 2.778 marcos en su banda de fluctuación. El gobierno británico
aumentó el tipo de interés del 10% al 12%, y, luego, en un acto
desesperado, hasta el 15%. Fue inútil, la libra permaneció por debajo de
su límite de fluctuación. Esa misma tarde, la libra abandonó el MTC y se
canceló el aumento de tipos de interés del 12% al 15%. La flotación de
la libra arrastró a la lira italiana que abandonó también el MTC el día
16 por la noche, y esa misma noche la peseta fue devaluada un 5%. Al
día siguiente, el tipo de interés británico volvió a su nivel inicial
del 10%, y la cotización de la libra continuó desplomándose en los
mercados situándose el día 17 en 2.65 marcos.
Los mercados
también comprobaron la estabilidad de otras monedas, como el franco
francés, la libra irlandesa y el escudo portugués. La especulación
contra el franco fue rechazada gracias a la intervención masiva del
Bundesbank. Por el contrario, Irlanda tuvo que reforzar sus controles de
capital, y Portugal introducir de nuevo los controles de capital.
Las dificultades en los
mercados de divisas se siguieron produciendo en las semanas
posteriores. Una nueva turbulencia comenzó con un ataque especulativo
contra la corona sueca, que venía fijando su tipo de cambio con el ecu
desde mayo de 1991. El 19 de noviembre, esta moneda tuvo que entrar en
flotación, depreciándose rápidamente un 11% con respecto al marco. Tras
esta victoria, la especulación se centró en las monedas del MTC.
Dinamarca, Francia, Irlanda, Portugal y España tuvieron que aumentar sus
tipos de interés; el 22 de noviembre, la peseta tuvo que ser devaluada
un 6%, y en igual cuantía el escudo portugués. Finalmente, el 30 de
enero, Irlanda tuvo que devaluar su moneda en un 10%.
Después de un breve período de relativa calma, se produce una nueva
turbulencia poco antes de la celebración del segundo referéndum danés
sobre Maastricht. Tras una acción concertada sin precedentes llevada a
cabo el 23 de abril - en la que seis bancos centrales, además del Banco
de España, defendieron a la peseta de una oleada de ataques
especulativos - España se vio obligada a devaluar la peseta en un 8% el
13 de mayo, y el escudo portugués siguiendo la estela de la peseta se
devaluó en un 6.5%.
Tras un período
caracterizado por la incertidumbre, en la semana anterior al 29 de julio
- fecha prevista para la última reunión del Bundesbank antes de las
vacaciones de verano - se habían producido ataques especulativos contra
todas las monedas no marco del MTC, y, especialmente, contra el franco
francés. A lo largo de la semana, los bancos centrales de Bélgica,
Francia, Dinamarca y Portugal, se habían visto obligados a aumentar sus
tipos de interés para mantener sus monedas dentro de las bandas de
fluctuación del MTC; la peseta y el escudo portugués habían caído por
debajo de sus tipos centrales por primera vez desde su devaluación de
mayo; y, el franco belga había salido de su autoimpuesta banda de
fluctuación del 0.25%.
5.3. La ampliación de las
bandas de fluctuación.
Ante la situación de
crisis que vivía el SME, existía unanimidad en que la única solución a
corto plazo pasaba por el descenso del tipo de redescuento de Alemania
en su reunión del día 29 de julio. El día anterior, el Bundesbank había
descendido su tipo “repo” (el tipo al que proporciona fondos al por
mayor a los bancos) hasta el 6.95%, lo que había estabilizado los
mercados de divisas, al considerarse que el descenso del tipo “repo”
era una señal que el banco central alemán lanzaba a los mercados
anticipando que descendería, en al menos medio punto, el tipo de
descuento.
Sin embargo, en la
reunión del 29 de julio, aunque el Bundesbank bajó su tipo lombardo en
medio punto hasta el 7 3/4%, dejó inalterado el tipo más importante, el
de descuento, en el 6 3/4%. Esta decisión produjo una conmoción en los
tipos de cambio del MTC. A pesar de la intervención masiva de los bancos
centrales, el escudo, los francos belga y francés, y la peseta
comenzaron a hundirse en sus bandas de fluctuación, mientras que la
corona danesa se situaba en su suelo de fluctuación quedando el SME al
borde del colapso.
La reunión de ministros
de la UE celebrada el 31 de julio, tras analizar varias opciones, y sólo
minutos antes de que se abrieran los mercado de divisas del este
asiático, acordó ampliar las bandas de fluctuación hasta un ±15%
alrededor de los tipos de cambio bilaterales centrales. En un
comunicado emitido tras la reunión se señalaba que, "esta medida de
duración limitada es una respuesta a los movimientos especulativos, que
son excepcionales en cuantía y naturaleza... Los ministros y
gobernadores reafirman por tanto su apoyo a las paridades actuales y
confían que los tipos de mercado se aproximarán pronto a estas paridades
de nuevo".
De entre todas las
soluciones posibles, la solución de ampliar las bandas de fluctuación,
presentaba indudables ventajas, aunque también tenía sus inconvenientes.
Una ventaja de la ampliación de las bandas es que se evitaba el problema
de la apuesta segura o “one-way bet”, es decir, el que los especuladores
puedan actuar en los mercados contra las monedas del MTC teniendo un
beneficio asegurado, cuando una moneda se sitúa en su suelo de
fluctuación o muy cerca del mismo. Una ventaja adicional fue que la
infraestructura del SME permaneció intacta, permitiendo a las monedas
fluctuar de facto en unas bandas más estrechas.
5.4. Las causas y efectos de
la crisis.
¿Cuáles fueron las
causas de la segunda crisis del SME? A nivel general, puede afirmarse
que la crisis era el reflejo de una ilusión, que consistía en suponer
que la estabilidad del tipo de cambio, la movilidad del capital y la
autonomía para la política económica podían reconciliarse fácilmente.
Descendiendo a nivel de detalle, la causa fundamental de la segunda
crisis del SME se encuentra en la conexión entre tres hechos: 1)
perfecta movilidad del capital; 2) alta inflación y altos tipos de
interés nominales en Alemania; y, 3) baja inflación en otros miembros
del SME. A continuación, se analiza la influencia de estos hechos en la
estabilidad del SME.
El marco ha sido
tradicionalmente el ancla nominal de las monedas europeas. Es decir,
desde la creación del SME, el marco nunca se devaluó con respecto a otra
moneda del SME. Por ello, los mercados nunca esperaron una devaluación
del una devaluación del marco con respecto a las restantes monedas del
SME, por lo que el tipo de interés nominal de Alemania era un suelo para
el tipo de interés de los demás miembros, como consecuencia de la
condición de paridad de intereses. En efecto, con perfecta movilidad
del capital, el tipo de cambio de equilibrio se sitúa a un nivel que
hace que el diferencial de interés para dos activos semejantes
denominados en dos monedas diferentes sea igual a la variación esperada
del tipo de cambio entre ambas monedas. La condición de la paridad de
intereses implica, por tanto, que si el mercado no espera una
devaluación del marco, los tipos de interés de las restantes monedas del
SME no pueden ser inferiores al tipo de interés del marco.
Se produce, por el
motivo señalado, una inconsistencia que ponía en duda la viabilidad del
SME tras la reunificación alemana. Debido a la credibilidad
antiinflacionista del Bundesbank, el marco era el ancla nominal, es
decir, los mercados no creían que se podía producir una devaluación del
marco. Por ello, los restantes miembros del SME no podían tener unos
tipos de interés nominales inferiores a los de Alemania, y de hecho
muchos de ellos soportan tradicionalmente unos tipos nominales muy
superiores. Sin embargo, tras la unificación alemana, se produjo un
dilema. Alemania, el país cuya moneda era el ancla nominal, ya no era el
país con menor inflación, sino que pasó a tener una de las tasas de
inflación más altas de la UE. La credibilidad antiinflacionista alemana
impedía que, a pesar de la alta inflación de este país, el marco se
depreciara, lo que llevaba a una sobrevaloración del mismo. En efecto,
como muestra el Cuadro 2, el marco aparecía sobrevalorado en 1993, en
términos de la paridad del poder adquisitivo, con respecto a las
restantes monedas MTC, exceptuando la corona danesa.
Además, los
restantes países, que tenían tasas de inflación más bajas que Alemania,
debían mantener unos tipos de interés nominales y, por tanto, reales muy
por encima de los tipos alemanes. En efecto, como se aprecia en el
Cuadro 2, el tipo de interés real a corto plazo alemán se situaba a
finales de julio de 1993 en el 2.6%, el más bajo del SME, mientras que
alcanzaba el 12% en Dinamarca y el 7% en Francia. Estos altos tipos de
interés reales fuera de Alemania, se producían además en un contexto de
recesión y alto desempleo en el resto de la UE, por lo que los mercados
ponían en duda que los gobiernos del resto de la UE iban a estar
dispuestos a soportar el coste en desempleo que suponía el mantenimiento
de la paridad de sus monedas con el marco. Este hecho generaba ataques
especulativos a favor del marco y en contra de las restantes monedas,
que acabaron por mover el tipo de cambio en la dirección anticipada por
los mercados
La realineación de los tipos de cambio y el abandono del MTC por parte
de algunas monedas, aunque perjudicó el objetivo político de conseguir
una transición sin problemas hacia la unión monetaria, fue positivo para
los intereses económicos de los países involucrados, ya que el evitar a
toda costa la realineación de los tipos de cambio hubiera requerido un
alto coste en términos de empleo para aquellos países que necesitaban
una depreciación real de su moneda con respecto al marco.
La relajación de la
política monetaria británica tras la salida de la libra del MTC en
septiembre de 1992 proporciona un ejemplo que apoya la anterior
afirmación. En efecto, tras la entrada de la libra en el MTC en octubre
de 1990, se produjo en la economía británica un descenso en la inflación
y en los tipos de interés, aunque a costa de un descenso en la
producción y en la inversión, y un aumento del desempleo. La mayoría de
los observadores estaba de acuerdo en que la libra estaba sobrevalorada
con respecto al marco, de forma que si no se realizaba una devaluación
de la libra esterlina, sería necesario que durante un periodo de tiempo
la inflación del Reino Unido fuera inferior a la de Alemania. Sólo de
esta forma se podría restaurar un tipo de cambio real consistente con un
nivel de empleo correspondiente a la tasa natural de paro. Esta fue la
razón que llevó a los mercados a realizar un ataque especulativo contra
la libra el 16 de septiembre de 1992, lo que obligó a la libra a entrar
en flotación.
La crisis del SME
permitió una depreciación de la libra y un descenso del tipo de interés
(el tipo de interés a corto plazo pasó del 14.8% en 1990 al 5.4% en
1994), lo que facilitó la recuperación económica en el Reino Unido. En
efecto, en 1994, cuando todavía no habían transcurrido dos años desde la
salida de la libra del MTC, la inversión y el PIB real estaban
creciendo, respectivamente, el 4.5% y el 3.5%; el desempleo
descendiendo; el déficit por cuenta corriente estaba por debajo del 1%
del PIB; y, la inflación medida por el índice de precios al consumo
permanecía controlada en un 2%. Asimismo, se produjo un gran descenso en
el coste unitario del trabajo británico después de 1992, como
consecuencia en gran medida de la depreciación de la libra, lo que
produjo un descenso de los salarios nominales del Reino Unido en
términos de las monedas extranjeras, aumentando la competitividad de su
economía.
5.
El relanzamiento de la Unión Monetaria Europea.
La cumbre europea celebrada en
Hannover en junio de 1988, fue el punto de partida de un nuevo intento de
llevar a la práctica una unión monetaria, debiendo destacarse, en este
aspecto, dos decisiones. En primer lugar, se reafirmó el objetivo de
alcanzar una unión económica y monetaria para la UE (entonces CEE),
reconociéndose la necesidad de promover la integración monetaria para
llegar a la unión monetaria plena. Este objetivo ya había sido recogido en
el Acta Única Europea y, casi veinte años antes, en la cumbre europea de
La Haya de 1969. En segundo lugar, se confió a un Comité la misión de
estudiar y proponer las etapas concretas que debían llevarse a cabo para
conseguir la unión económica y monetaria. Este Comité presidido por
Jacques Delors, tuvo un total de nueve reuniones de trabajo entre el 13 de
septiembre de 1988 y el 11 de abril de 1989, y emitió su informe el 17 de
Abril de 1989. Tras los acuerdos de las cumbres europeas de Madrid y Roma,
El Informe Delors (ID) constituyó el marco general que guió el desarrollo
de la unión monetaria, y la mayoría de sus recomendaciones especificas se
vieron recogidas en el Tratado de Maastricht (TM).
El relanzamiento de la
Unión Monetria Europea
en la Cumbre de Hannover, fue la culminación de una serie de iniciativas
políticas que se produjeron en este sentido, desde enero de 1988 a junio
del mismo año. En efecto, en un memorando presentado al ECOFIN por el
Ministro de Hacienda francés, Edourd Balladur, se criticaba la asimetría
del SME poniendo de manifiesto que su mecanismo de crédito permitía
compartir los costes del ajuste sólo temporalmente. Se señalaba que, al
final, el banco central de la moneda situada en la parte más baja de la
banda de fluctuación era la que tenía que soportar el coste, aún cuando
esta moneda no fuera la causante de la tensión. Además, se criticaba la
tendencia a la apreciación del tipo de cambio marco-dólar inducida por el
fuerte superávit alemán en cuenta corriente, lo que obligaba a una
apreciación de todas las monedas comunitarias. El memorando consideraba
que la única solución posible era "la rápida realización de la
construcción monetaria de Europa".
El Ministro del Tesoro
italiano, Giuliano Amato, criticó también en su memorando presentado al
ECOFIN, un mes después, el funcionamiento asimétrico del SME, señalando la
existencia de un superávit estructural en la balanza por cuenta corriente
alemana y una infravaloración del marco de carácter "fundamental".
Asimismo, solicitaba la creación de un mecanismo para identificar la
moneda divergente en el SME - obviamente la alemana -, y hacer recaer
sobre la misma una mayor carga de ajuste. Alemania, que hasta entonces se
había mostrado reticente a discutir los temas mencionados, sorprendió esta
vez a sus críticos, con un memorando de Hans-Dietrich Genscher presentado
al Consejo de Asuntos Generales en Febrero de 1988, titulado "Un Área
Monetaria Europea y un Banco Central Europeo”. En él, se proponía la
creación de un banco central europeo que realizaría la política monetaria
de la Comunidad con el objetivo prioritario de estabilizar los precios.
Este banco central sería independiente del poder político, y no podría ser
obligado a financiar los déficits de los sectores públicos. El memorando
proponía que, en el Consejo europeo de Hannover de junio de 1988, se
eligiera un grupo de expertos independientes con el mandato de estudiar
los principios para la realización de un área monetaria europea.
Un segundo
memorando
alemán fue presentado al ECOFIN, por el Ministro de Hacienda alemán,
Gerhard Stoltenberg, en marzo de 1988. En este memorando se señalaba la
importancia de realizar la liberalización de capitales de forma
irrevocable en el seno de la CEE, liberalización que ya había sido
propuesta por una directiva de la Comisión dos años antes. Este paso se
consideraba como requisito imprescindible para que el gobierno alemán
diera luz verde a la discusión de la futura Unión Monetria Europea. En el ECOFIN de junio del
mismo año, el resto de los países mostraron su disposición a una completa
liberalización de los movimientos de capitales.
La cumbre europea de
Madrid, celebrada en junio de 1989, supuso un importante paso hacia la
Unión Monetria Europea, al decidirse la iniciación del proceso que en el futuro debería
llevar hacia una unión monetaria basada en una moneda única. En esta
cumbre, se produjo una flexibilidad no esperada del Reino Unido, que
mostró una menor resistencia a incluir la libra en el SME, quizá temiendo
que una mayor oposición a la Unión Monetria Europea haría que los otros once países siguieran
por sí solos el camino hacia la integración monetaria. En efecto, frente a
la postura de inclusión de la libra en el SME "en el momento oportuno", lo
que en opinión de muchos significaba nunca, el Reino Unido se comprometió
a su inclusión cuando se cumplieran cinco condiciones relacionadas con la
inflación, la liberalización de movimientos de capital y servicios
financieros, la política de competencia y el mercado único.
No obstante, el Reino
Unido dejó claro en la cumbre de Madrid que consideraba inaceptables dos
puntos. Primero, que integrarse en la primera fase del Plan Delors
supusiera aceptar las etapas dos y tres. Segundo, que se llevara a cabo
una conferencia intergubernamental para cambiar el Tratado de Roma y
establecer las nuevas instituciones necesarias para avanzar en el proceso
de integración monetaria. Al final, se pudo llegar a un compromiso de
cuatro puntos, recogidos en las conclusiones de la presidencia del
Consejo:
"1. El Consejo europeo reitera su
determinación de realizar progresivamente la Unión Monetria Europea...; 2. El Consejo europeo
considera que el informe del Comité presidido por Jacques Delors,...responde
plenamente al mandato dado en Hannover..; 3. El Consejo europeo decide que
la primera etapa de la realización de la Unión Monetria Europea comenzará el 1 de julio de
1990; 4. El Consejo europeo pide a los órganos competentes...que realicen
los trabajos preparatorios para una Conferencia Intergubernamental que
establecerá las etapas ulteriores."
El Consejo, ante la
insistencia del Reino Unido, no fijó fecha para la Conferencia
Intergubernamental e incluyó como condición para la realización de la
misma el que se realizara previamente "una preparación completa y
adecuada", lo que en principio podía causar un importante retraso para
llevar a cabo el proceso hacia la Unión Monetria Europea.
La cumbre de Madrid dio
paso a un período de confusión y estancamiento como consecuencia de la
oposición del Reino Unido a la unión monetaria. Así, a principios de
noviembre de 1989, el Tesoro del Reino Unido emitió un informe rechazando
las dos últimas etapas del Plan Delors y, a principios de 1990, hizo
público otro plan para la Unión Monetria Europea, en el que se proponía la creación de una
nueva institución que emitiría un "ecu duro". Este nuevo ecu dejaría de
ser una cesta compuesta por las doce monedas comunitarias, y consistiría
en una verdadera moneda que nunca se devaluaría frente a cualquier otra
moneda comunitaria. En línea con la propuesta británica, España planteó
un plan alternativo basado en la creación de un ecu-cesta fuerte como
decimotercera moneda. Esta nueva ecu-cesta no podría devaluarse frente a
la moneda más fuerte del sistema, y en esta característica radicaría su
atractivo para convertirse en la moneda comunitaria a través de las
fuerzas del libre mercado.
La cumbre europea de Roma,
de octubre de 1990, consolidó el proceso hacia la unión monetaria, al
adoptarse por acuerdo de todos sus miembros, salvo el Reino Unido, un
conjunto de conclusiones que suponían el compromiso de proseguir el camino
marcado por el Informe Delors hasta alcanzar una unión monetaria basada en
una única moneda. En concreto, en la cumbre se decidió, en primer lugar,
que la etapa II de la Unión Monetria Europea comenzaría el 1 de Enero de 1994, una vez
realizado el Mercado Único y después de ratificado el nuevo Tratado.
Antes del comienzo de la II etapa, debería haberse incorporado al
mecanismo de cambios del SME el mayor número posible de países, debiendo
lograrse en la etapa I progresos suficientes y duraderos en la
convergencia real y monetaria.
Asimismo, se decidió que
al inicio de la etapa II se crearía la nueva institución monetaria de la
Comunidad, con la finalidad de reforzar la coordinación de las políticas
monetarias, poner en marcha las medidas necesarias para la realización
futura de una política monetaria única, y supervisar la evolución del Ecu.
Por último, aunque no se señaló una fecha fija para el comienzo de la
etapa III, se decidió que el paso a esta última etapa debería producirse
en "un plazo razonable", y que en la fase final de la Unión
Monetria Europea "la Comunidad
tendrá una moneda única".
1. Convergencia de tasas de
inflación.
2. Convergencia de tipos de interés.
3. Limitaciones para la política monetaria.
4. Limitaciones para la política fiscal (Se estudia en el capítulo 6).
(Unión Económica y Monetaria Europea. Joaquín Pi
Anguita. Última actualización, mayo de 2004)